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Entrevista a Chus Lago: “Sin oxígeno en un ochomil te sientes vulnerable como un anciano”
Jue 16 Jun 2016

Entrevista a Chus Lago: “Sin oxígeno en un ochomil te sientes vulnerable como un anciano”

por Desnivel

Subió al Everest sin oxígeno y llegó sola al Polo Sur después de 59 días de marcha. Son las grandes gestas deportivas de Chus Lago que, además, le han dejado un poso filosófico del que habla con Darío Rodríguez y Héctor Fernández en el programa Al primer toque.

Subir un ochomil sin oxígeno te hace sentir como un anciano y ponerte la mascarilla te devuelve el vigor y la arrogancia de el joven que eres, cree Chus Lago. También considera que si el alpinismo no se conjuga con el romanticismo deja de tener sentido, o que el liderazgo es una cualidad que se trabaja y que no todas las personas tienen. Darío Rodríguez y Héctor Fernández profundizaron en estas cuestiones el el programa de radio Al primer toque.

 

El tema de los cadáveres en el Everest es un tema delicado, una especie de tema tabú en el alpinismo. ¿Cómo lo has vivido tú?
Cuando llevas cerca de cuarenta años en la montaña pasas por esas situaciones y también te ves en la necesidad de explicarlas. Cuando lo analizas ves que los montañeros convivimos perfectamente con quienes han fallecido, aunque desde fuera entiendes que los demás no lo entiendan, ¿en qué calle de una ciudad existen a la vez la vida y la muerte? Es la diferencia con la montaña, no es la vida del asfalto. Los que vivimos en eso tenemos que pensar una explicación cuando nos preguntan desde fuera, pero en el momento no nos preguntamos nada.

¿Te consideras alpinista o montañera?
Yo creo que montañera seré siempre, alpinista quizás soy en un momento concreto de mi vida, cuando estoy en activo y en esas situaciones. El resto de tu vida eres montañero porque de eso no te retiras.

¿Se puede estar en el Everest, a 8.800 metros, y disfrutar del entorno?
Absolutamente. Recuerdo una noche durmiendo a 7.200 metros mientras tenía la certeza de que no había nadie más por encima de mí en ese momento. Miraba el cielo y veía la vía láctea, parecía que estaba metida en las estrellas. No había ni una sola luz por encima, por debajo solo veía una luz y sabía perfectamente quién era. Esa fue una de las noches más bellas de mi vida. Ser la persona que más alto está durmiendo puede no ser un logro deportivo, pero sí es algo puramente romántico.

El mundo de la montaña es el reducto romántico del deporte. El único sitio en el que aún queda la esencia de los antepasados, ¿no crees?
Sí, yo también lo creo. Creo que hay una parte deportiva que es cuando tienes que planificar la ruta o la vía. Pero también hay otros elementos. Si lo deportivo no se conjuga con el romanticismo y las puestas de sol no tiene sentido.

Cuando subiste al Everest sin oxígeno decidiste usarlo a la bajada. ¿Cómo cambia la montaña cuando lo utilizas?
No tiene nada que ver, de pronto te trasladas y dejas de estar a esa altitud. Cuando uno está ahí arriba sin oxígeno se convierte en una persona anciana con EPOC. Cuando respiras, el oxígeno no te llega. Te sientes vulnerable como un anciano, en ese momento supe lo que sentía una persona de mucha edad. Te das cuenta de que te puedes romper, levantas el pie 20 centímetros para subir una roca y lo tienes que pensar mucho para encajarlo bien.

Todo tiene una dimensión tan tremenda que cuando me puse el oxígeno y lo comparé me di cuenta de que te vuelves arrogante. Eres de nuevo una persona joven. Por un instante no entiendes por qué la gente muere ahí. Dejas de tener frío, la distancia al siguiente campamento se acorta y todo parece factible. Dejas de entender muchas cosas que pocos minutos antes comprendías.

Entonces entiendes a los clásicos que piensan que usar oxígeno en los ochomiles es otra cosa.
La vida te pone a prueba para que vivas una gran experiencia, pero si optas por el oxígeno no la vas a vivir. Te niegas a ti mismo una experiencia. Siempre he pensado que más vale subir a cualquier punto del Everest sin oxígeno que hacer la cima con oxígeno, por lo que te pierdes.

Fuiste al Polo Sur en solitario y te convertiste en la primera española en conseguirlo. ¿Por qué lo hiciste?
Porque me motivaba hacerlo así. Lo había descubierto en una expedición anterior, había visto el paisaje, era escalofriante y me tentó. Era horroroso, no entendía por qué había ido tanta gente hasta allí. Es un sitio gris, sin sombra pero muy luminoso. Parecía la antesala de la locura y mi cerebro ya estaba volando hacia allí.

¿Dices “la antesala de la locura” porque tienes la sensación de estar todo el rato en el mismo sitio?
Sí, el sol no se pone y gira alrededor de tu cabeza las 24 horas del día. No hay paisaje prácticamente. Puede que un día encuentres una cordillera a lo lejos como me pasó a mí, pero no hay nada más. Es una hoja plana, el cielo es casi blanquecino, y mires hacia donde mires ves el mismo paisaje, y siempre parece la misma hora del día. No hay una mosca en el aire, ni una planta o un pájaro. Nada rompe la monotonía, excepto si en algún momento de la expedición está tan nublado que ves incluso menos. Te da la sensación de que vives en el mismo día constantemente. Es esquizofrénico.

¿Qué sientes cuando te deja la avioneta en mitad de la Antártida?
Fue un momento emocionante y creo que el único que tuvo color. Me había imaginado muchas veces cómo sería el momento en el que la avioneta desaparecía, en el que el último sonido se apagaba en la distancia, en el aire, y se dejaba de ver la avioneta. Fue tal como me lo había imaginado. Se iba la avioneta con los últimos seres que vería hasta la vuelta, el último sonido, la última cosa móvil y me quedé mirándolo. Era como si se cerrara la puerta al mundo civilizado y me pareció que solo ese instante ya había valido la pena.

Luego me acordé de una cosa que contaba mi padre en casa cuando era niña y que se me había olvidado. Mi abuelo se fue al río de la Plata y tiró allí la última moneda que le quedaba. Yo de pequeña no entendía por qué había hecho eso y nadie me dio nunca una respuesta. Cuando iba a dar el primer paso y vi el horizonte lo entendí. Lo hizo para no pensar en lo que no tenía, si no en la oportunidad que había por delante. Era justo lo que yo tenía. Después ya no hubo ningún tinte de romanticismo porque fue duro, tremendo. Acabé la expedición sin querer repetirlo nunca más. Fueron 59 días de sufrimiento. Porque soy como un martillo y tenía que salir por el Polo Sur, si no me hubiera dado la vuelta.

¿Se disfruta más en soledad o acompañado?
Imagino que se disfrutará más acompañado. Pero me motivaba ir en solitario para soportar el sufrimiento y llegar a la Antártida.

No te gusta el mal liderazgo ni crees en la idea romántica del compañero de cordada, quizás eso marca tu idea de marchar sola.
Soy de la época del piolet de madera, de las Chiruca y las botas de cuero Kamet Flex. Era puro romanticismo. No había competición, hacíamos de todo. Se hablaba del compañero de cordada y del equipo, pero eso también hay que aprenderlo. Lo que yo viví no fue nada ideal. Lo único romántico para mi fueron las puestas de sol, la nieve y los glaciares. Los seres humanos a veces nos traemos unas mochilas que no gustan nada. Llegué a la conclusión de que me habían engañado y de que el liderazgo se trabaja, sea donde sea, igual que el equipo. Por esto acabé sola en la montaña, aunque luego me reconcilié con la cordada.

¿Quién te hizo reconciliarte?
Si me tengo que quedar con algo es con la suerte que tuve al otro lado de la cuerda. Esa persona que me devolvió la fe en el ser humano, una persona que me salvó la vida, que nunca se acababa la botella de agua aunque tuviera 9 o 10 horas por delante de camino, que siempre dejaba un poco para mí, que no terminaba con la última cucharada ni cogía el mejor sitio en la tienda, nunca decía nada...

Esta persona que te salva la vida luego muere, y tú lo sabes antes de que te llegue la noticia.
Sí, llegué a tener una conexión muy fuerte con Merab Khabazi obligada por la montaña. Cuando caminas atado a alguien acabas sabiendo, por la velocidad de su paso y por cómo pisa, si está bien de ánimo, si va a querer darse la vuelta, si va a seguir o si está preocupado por las nubes. Acabas entendiendo ese lenguaje y a esa persona. Fui capaz de entender los botones que hacían que se enfadara o se pusiera de buen humor.

Cuando ocurrió lo que ocurrió tuve la certeza de que estaba pasando antes de que me llegara la noticia. Quedé paralizada en el centro de la habitación, no sé lo que pasó pero supe que no volvería a ver a esta persona. Además supe que me acababa de llegar un correo electrónico dándome la noticia. Espero que no me vuelva a ocurrir esto en la vida porque fue muy duro. La historia de mi compañero Merab está cosida con hilos muy profundos. Hay cosas que uno ya no puede olvidar.

Da la impresión de que la montaña saca lo mejor y lo peor de las personas, ¿crees que las comunicaciones modernas afectan a esto?
Sí, te saca del entorno. Cuando fui a la Antártida no quería tener conexiones, las tuve que tener por los patrocinadores, pero te saca mentalmente. Yo no he llevado aparatos para mantener un blog o una página de Facebook. Si tengo que hacer una entrevista la hago por teléfono satélite, si no, no quiero. Pero es verdad que no te saca del todo: el cansancio es el cansancio y cuando una persona está cansada de verdad y con hambre, salen cosas que no sabíamos [pese a tener acceso a comunicaciones]. No sabes por qué contestas eso o dices lo otro.

Te criaste en Galicia, fuera de los ambientes tradicionales del alpinismo. ¿Cómo es ser mujer en un mundo de hombres?
De niña recuerdo subirme en autobús a una cueva, por ejemplo, y en ese momento la mitad éramos chicas, pero a los 15 o 16 años ya era la única mujer. Siempre me creí a dónde iba. Acabas haciendo expediciones en solitario o acampadas solo con chicos y no le das importancia. Sí es verdad que hay momentos en los que te planteas que hay comportamientos que no hacen pura la montaña, y que hay machismo, como en todas partes.


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